Gino Boschini

Del paisaje a la foto, de la foto a la pintura, de la pintura al alma.

Hace algunos años, mi hija Ana me envió por Whatsapp una bellísima foto de la vieja estación de trenes de Balsa con la intención de que algún día yo hiciera una pintura basándome en esa foto. Siempre he admirado el gran talento de Ana para tomar fotografías: siempre me transmiten emociones, me generan muchas reacciones y dan pie a muchas lecturas. Sus fotos aportan buen material para otras reinterpretaciones en distintas áreas de las artes visuales, especialmente las que tienen una atmósfera evocativa muy marcada. Esta foto en particular, me pareció muy atractiva no sólo por el ángulo tan dramático con que capturó el viejo edificio de la estación, o por los colores terrosos y secos del verano en las zonas más calientes del país, además la luz que parecía indicar la proximidad del atardecer le aportaba un aura de irrealidad y tal vez de soledad, que inmediatamente me remitió al pasaje final de la novela Marcos Ramírez que publicó Carlos Luis Fallas en 1952.

 

Carlos Luis Fallas con un inserto de la undécima edición en español de su novela Marcos Ramírez, con fecha abril 1978 publicada por Librería, Imprenta y Litografía Lehmann. La foto de Carlos Luis Fallas es de https://elespiritudel48.org/carlos-luis-fallas-sibaja/

En ese momento de la novela, Marcos pasa unas horas de terror y miedo, durante una solitaria noche de tormenta en la pequeña estación de Santo Domingo. La primera vez que leí esta parte de la novela fue en un libro de texto en la escuela primaria. Quedé fascinado con esa espeluznante narración que iba in crescendo, hasta que Marcos logra armarse de valor y vence sus temores atávicos, sembrados en él por la ignorancia y la religión de los adultos que lo rodeaban. Al sentirse liberado y empoderado Marcos deja de ser un niño y empieza su ruta para convertirse en un hombre. Es una narración hermosa y fuerte dentro de su aparente inocencia.

Cuando vi la foto que me cedió Ana, me imaginé que así debía ser la estación donde Marcos Ramírez tuvo su momento de decisión, de ruptura con las ataduras y la dependencia de la niñez. Amé esa foto, pero en el momento no sentí esa chispa que me llevara a iniciar la pintura. Pasó el tiempo y lo más que hacía eran bocetos en distintas técnicas, pero algo me decía que no era el momento.

Estos son los bocetos que aún conservo.

Ese momento llegó varios meses atrás, cuando Doreen Bákit, directora de Pintal, nos habló de un futuro proyecto que rescataba la importancia del patrimonio ferroviario de Costa Rica. Se trabajarían trenes, puentes y estaciones. Los trenes me gustan mucho, pero no para pintarlos o dibujarlos (no me atrae pintar máquinas o vehículos). Los puentes ferroviarios son interesantísimos, especialmente si están viejos, deteriorados y oxidados. Pero lo que inmediatamente me movió el deseo de pintar fueron las estaciones. Era el momento de trabajar con la foto de la estación de Balsa.

Para mi las estaciones de tren guardan en sí una cierta nostalgia o melancolía que las vuelve espacios indefinidos, liminales donde puedo estar despidiendo o recibiendo, llegando o partiendo, de paso o en sentido permanente. Puede que esta percepción que tengo de las estaciones de tren esté permeada por el cine y la literatura y siento que los muelles, puertos y atracaderos también comparten esa magia, ese aura de estado intermedio casi surrealista. Curiosamente no experimento esa sensación con los aeropuertos: se me hacen fríos, carentes de ese romanticismo que me proyectan las estaciones de tren y los puertos.

Cuando por fin empecé con mi pintura de la estación de Balsa, asumí la obra como un proceso personal, nunca sobredimensioné la realidad de que habría curaduría para la exposición. Lo que movía era proyectar en la obra la resequedad de los últimos días del verano, darme gusto retratando el paso del tiempo en el edificio y por supuesto disfruté imaginando los intensos momentos de esa especie de eclosión que pasó Marcos Ramírez en la estación de Santo Domingo.

Iniciando el trabajo de esta obra.

En la foto originalmente hay más vegetación, tanto en el primer plano, como en el plano del fondo, pero yo preferí reducir al máximo ese elemento para darle todo el protagonismo al edificio. Por eso le eliminé las hojas al árbol en las pocas ramas que presento y los árboles del fondo son apenas insinuados y difusos, para reforzar en la obra esa idea de la transición. Una transición que a veces se vive en soledad y a veces puede doler, pero una transición es un cambio y los cambios son parte de la vida. Vamos y venimos como cuando transitamos por una estación de tren.

 

©GinoBoschini2023

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