Gino Boschini

Pintando en la Estación del Ferrocarril al Pacífico.

El edificio de la Estación del Ferrocarril al Pacífico siempre ha sido muy significativo para mi, al grado de percibirle un aura casi mística, por eso desde el primer aviso que en Pintal íbamos a trabajar en un proyecto relacionado con el patrimonio ferroviario de Costa Rica, elegí pintar el vestíbulo de este edificio, pues su carga emocional se me hace fuerte, ya que me remite a los primeros años de mi vida. Su fachada es una máquina del tiempo y la idea de pasar varias horas pintando ahí era muy atractiva.

Me parece muy interesante esta imagen de Google Maps de la Estación del Ferrocarril al Pacífico.
Créditos de la imagen al pie de la foto.

Este inmueble fue diseñado por el arquitecto José Francisco Salazar Quesada (1892-1968). Su construcción se inició en la administración de León Cortés, para terminarse en la administración Calderón Guardia  (1940-1944) en 1941.

Sobre su estilo arquitectónico algunos textos afirman que es art déco, otras fuentes apuntan a que muestra influencia formal del movimiento racionalista funcionalista, con sus volúmenes puros, la ausencia de ornamentación añadida, la profusión de áreas en fachada cerradas con vidrio y, la utilización del vitro bloque como material de vanguardia en esa época, así como la construcción en concreto armado.

Tras conseguir los respectivos permisos para ingresar a la estación llegué a las 8:00 de la mañana de ese lunes. Di un breve recorrido por el vestíbulo y me ubiqué en un espacio que me ofrecía la visión más se ajustaba a la imagen que tenía más o menos construida mentalmente. Siempre supe que mi objetivo era pintar las escaleras.

Convenientemente encontré que este vestíbulo cuenta con estos asientos, que supongo son para que los pasajeros esperen. Yo no los recordaba, pero durante esa sesión ese asiento se desempeñò muy bien como taller provisional, para poner todas mis herramientas y materiales. Y obvio, para descansar por momentos.

Para realizar esta obra tenía la opción de tomar fotos del espacio y trabajar desde un principio con las fotos en la comodidad de mi estudio en mi casa. Pero yo quería sentir, vivir la atmósfera de esta estación. Es una estación viva, con gente que trabaja ahí y con usuarios que la utilizan como punto de partida y llegada a su destinos. Quería escuchar los sonidos de las máquinas, de los portones y la energía de la gente. Donde yo estaba podía ver el ir y venir de los pasajeros y al estar ubicado en ese punto tan visible, tuve la suerte de poder conversar con varios de los funcionarios que aquí trabajan.

Uno de los elementos más característicos de este espacio es su luz. Es una luz abundante, pero para mí tiene algo como fantasmagórico, que al reflejarse en los tonos gris-turquesa de las paredes, todo se ve luminoso pero mortecino a la vez, como con un blur tipo película de los años 70. Si están pensando que eso me encanta ¡sí! ¡tienen razón! porque le imprime aún más nostalgia a un edificio que por su función, su historia y su carga sentimental, ya es un símbolo de añoranza por tiempos pasados.

En algún momento me dio hambre, pero no tenía intención alguna de determe en mi tarea y mucho menos de salir a buscar una soda o algún negocio para comprar algo de comer. Afortunadamente, al portón de la estación se acercó un señor vendiendo cosas empaquetadas. Yo no soy muy dado a consumir ese tipo de comidas (siento que ese gustó se fue con la adolescencia) pero terminé comprándole unas papas tostadas.

Otro detalle hermoso que tiene este vestíbulo es su piso: su diseño, sus colores, y la idea de que alguna vez siendo un niño muy pequeño caminé sobre él con mis padres lo convierten en un espacio mágico. No puedo afirmar con seguridad que ese piso sea el original, pero por su diseño tiendo a querer creer que así. De todos modos la objetividad nunca ha sido lo mío. En la foto de abajo se aprecia un detalle de esas espectaculares escaleras que son un sello distintivo de la Estación al Pacífico.

Toda la mañana se me fue en trabajar las líneas base del dibujo. En una obra con una perspectiva tan compleja es mejor contar con el apoyo de esa líneas para evitar posteriores complicaciones de composición. Cuando llegó el momento de empezar a aplicar las primeras manchas de color, el cansancio ya se manifestaba. En esta sesión de pintura in situ, trabajé todo lo que pude hasta las dos y media de la tarde, aceptando que tendría que terminar la obra en mi estudio, con el apoyo de las fotografías que tomé.

Cuando ya comenzaba a recoger mis cosas, miré hacia las bancas que tenía al frente y vi una pequeña figura de pelo color café. No podía creerlo: ¡un gato! ¡una de mis obsesiones! Inmediatamente me acerqué a verlo. El animalito estaba comiendo alimento para gatos. En ese momento veo a una de las conserjes de la estación y le pregunto sobre este gatito. La señora, muy amablemente me contó que se trata de una gata a la que están cuidando los empleados de la estación, parece que está embarazada, entonces recogen fondos para alimentarla y cuidarla, cuando tenga a los gatitos, la llevarán a operar y de ser posible también a su cría cuando llegue el momento y tratarán de buscarles casa. Esa historia me conmovió profundamente porque estas personas que trabajan aquí no tienen la obligación de tomarse tantas molestias, sin embargo lo hacen y eso me parece digno de reconocerse. Es un acto noble, bueno y muy generoso que habla de la calidad humana de esta gente. Si todas las empresas contaran con personal así, creo que esta sociedad sería bastante mejor. Le pregunté a la señora el nombre de la gatita, me lo dijo pero yo cometí el error de no anotarlo, me atuve a mi memoria que es pésima. De regreso en mi casa, el único nombre que se venía a la mente era “Matilda”, y decidí dejarlo así. Por esa razón titulé a mi obra “Matilda”, al final de cuentas lo que menos importa es si la gatita se llama “Matilda”, “Lucy” o “Choupette” como la de Karl Lagerfeld. Lo que cuenta en toda esta historia es la acción de generosidad de los empleados de la Estación al Pacífico. Es un acto de amor y respeto por la vida que yo he querido reconocer y honrar con mi obra, incluyendo de manera muy sutil a “Matilda” en mi obra. Casi imperceptible, tal como la descubrí.

Después llegó el momento de volver a casa. Me sentía agotado pero muy feliz por haber pasado tanto tiempo en este lugar que recordaba mis primeros años de vida, cuando mis papás me llevaban en el mes de diciembre a ver el bello portal que instalaban en esta estación. Estar aquí también me hizo revivir la felicidad de jugar con mi recordado tren Marklin. Feliz también de haber conocido a “Matilda”, un animalito que en otras circunstancias la estaría pasando muy mal, pero gracias a un grupo de empleados de esta estación tiene la esperanza de una vida mejor.

Aproveché para tomar un par de fotos del exterior de la Estación al Pacífico. No deja de asombrarme la inexplicable fascinación que ejercen los trenes y las estaciones en nosotros, los costarricenses.

No sé si esta entrada llegará a ser leída por funcionarios de la Estación del Ferrocarril al Pacífico, pero quiero agradecerle a todo este personal por su trabajo, pues considero que su servicio  es esencial para el desarrollo de nuestro país.

©GinoBoschini2023

 

 

Del paisaje a la foto, de la foto a la pintura, de la pintura al alma.

Hace algunos años, mi hija Ana me envió por Whatsapp una bellísima foto de la vieja estación de trenes de Balsa con la intención de que algún día yo hiciera una pintura basándome en esa foto. Siempre he admirado el gran talento de Ana para tomar fotografías: siempre me transmiten emociones, me generan muchas reacciones y dan pie a muchas lecturas. Sus fotos aportan buen material para otras reinterpretaciones en distintas áreas de las artes visuales, especialmente las que tienen una atmósfera evocativa muy marcada. Esta foto en particular, me pareció muy atractiva no sólo por el ángulo tan dramático con que capturó el viejo edificio de la estación, o por los colores terrosos y secos del verano en las zonas más calientes del país, además la luz que parecía indicar la proximidad del atardecer le aportaba un aura de irrealidad y tal vez de soledad, que inmediatamente me remitió al pasaje final de la novela Marcos Ramírez que publicó Carlos Luis Fallas en 1952.

 

Carlos Luis Fallas con un inserto de la undécima edición en español de su novela Marcos Ramírez, con fecha abril 1978 publicada por Librería, Imprenta y Litografía Lehmann. La foto de Carlos Luis Fallas es de https://elespiritudel48.org/carlos-luis-fallas-sibaja/

En ese momento de la novela, Marcos pasa unas horas de terror y miedo, durante una solitaria noche de tormenta en la pequeña estación de Santo Domingo. La primera vez que leí esta parte de la novela fue en un libro de texto en la escuela primaria. Quedé fascinado con esa espeluznante narración que iba in crescendo, hasta que Marcos logra armarse de valor y vence sus temores atávicos, sembrados en él por la ignorancia y la religión de los adultos que lo rodeaban. Al sentirse liberado y empoderado Marcos deja de ser un niño y empieza su ruta para convertirse en un hombre. Es una narración hermosa y fuerte dentro de su aparente inocencia.

Cuando vi la foto que me cedió Ana, me imaginé que así debía ser la estación donde Marcos Ramírez tuvo su momento de decisión, de ruptura con las ataduras y la dependencia de la niñez. Amé esa foto, pero en el momento no sentí esa chispa que me llevara a iniciar la pintura. Pasó el tiempo y lo más que hacía eran bocetos en distintas técnicas, pero algo me decía que no era el momento.

Estos son los bocetos que aún conservo.

Ese momento llegó varios meses atrás, cuando Doreen Bákit, directora de Pintal, nos habló de un futuro proyecto que rescataba la importancia del patrimonio ferroviario de Costa Rica. Se trabajarían trenes, puentes y estaciones. Los trenes me gustan mucho, pero no para pintarlos o dibujarlos (no me atrae pintar máquinas o vehículos). Los puentes ferroviarios son interesantísimos, especialmente si están viejos, deteriorados y oxidados. Pero lo que inmediatamente me movió el deseo de pintar fueron las estaciones. Era el momento de trabajar con la foto de la estación de Balsa.

Para mi las estaciones de tren guardan en sí una cierta nostalgia o melancolía que las vuelve espacios indefinidos, liminales donde puedo estar despidiendo o recibiendo, llegando o partiendo, de paso o en sentido permanente. Puede que esta percepción que tengo de las estaciones de tren esté permeada por el cine y la literatura y siento que los muelles, puertos y atracaderos también comparten esa magia, ese aura de estado intermedio casi surrealista. Curiosamente no experimento esa sensación con los aeropuertos: se me hacen fríos, carentes de ese romanticismo que me proyectan las estaciones de tren y los puertos.

Cuando por fin empecé con mi pintura de la estación de Balsa, asumí la obra como un proceso personal, nunca sobredimensioné la realidad de que habría curaduría para la exposición. Lo que movía era proyectar en la obra la resequedad de los últimos días del verano, darme gusto retratando el paso del tiempo en el edificio y por supuesto disfruté imaginando los intensos momentos de esa especie de eclosión que pasó Marcos Ramírez en la estación de Santo Domingo.

Iniciando el trabajo de esta obra.

En la foto originalmente hay más vegetación, tanto en el primer plano, como en el plano del fondo, pero yo preferí reducir al máximo ese elemento para darle todo el protagonismo al edificio. Por eso le eliminé las hojas al árbol en las pocas ramas que presento y los árboles del fondo son apenas insinuados y difusos, para reforzar en la obra esa idea de la transición. Una transición que a veces se vive en soledad y a veces puede doler, pero una transición es un cambio y los cambios son parte de la vida. Vamos y venimos como cuando transitamos por una estación de tren.

 

©GinoBoschini2023